Enriquillo

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Enriquillo.
Enriquillo.

En las raíces mismas de la historia del pueblo dominicano, al cumplirse quinientos años de la llegada de Cristóbal Colón a nuestra isla, marino expedicionario y conquistador al servicio de España, se distingue con viriles y trágicos matices, el primer capitán invicto americano que en larga y enérgica protesta trató de salvar los restos de su raza: Enriquillo, el héroe del Bahoruco, pionero en las luchas por la libertad y la dignidad humana que, en respuesta a la violencia del sometimiento de los pueblos autóctonos, jalonaron todas las regiones del Continente hasta culminar, en 1895, con el inicio de la última etapa de la guerra de independencia de Cuba. Cuatrocientos años después, al finalizar esa epopeya bajo la jefatura de Máximo Gómez quedaría consagrado, como método de lucha popular, el que fuera empleado por el Cacique del Bahoruco en su justa resistencia contra los conquistadores españoles.

El origen de este personaje de la vida colonial de la isla de La Española, se pierde en la maraña de la leyenda y las especulaciones. Lo único que puede asegurarse es que siendo un niño, de ocho a diez años, fue rescatado del infierno de sangre provocado por Nicolás de Ovando en la parte sur de la isla. Diego Velásquez, futuro conquistador de Cuba, le salvó la vida y lo llevó con él a la villa de Azua. Entregado para su bautizo y educación a los sacerdotes franciscanos establecidos en la región, fue llevado al convento de San Francisco establecido en la villa de La Verapaz. Por lo menos así lo recoge Bartolomé de Las Casas, en su Historia de las indias.

Allí aprendió a leer y escribir y recibió como nombre cristiano el de Enrique, reconociéndole su jerarquía de Cacique los religiosos y autoridades de la región.

Dice Las Casas en relación con la vida de Enriquillo: este cacique Y señor de aquella provincia del Bahoruco, salido de la doctrina de los religiosos y hecho hombre, casóse con una señora india, mujer de buen linaje y noble, llamada doña Lucía, como cristiano en haz de la Santa Madre Iglesia. Era Enrique alto y gentil hombre de cuerpo bien proporcionado y dispuesto; la cara no la tenía ni hermosa ni fea, pero tenía la de hombre grave y severo, el cual servía con sus indios al dicho mancebo Valenzuela como si se lo debiera, como dicen, de fuero, sufriendo su injusta servidumbre y agravios que cada día recibía con paciencia. Estableciendo el origen de la mujer que tomó por esposa, de buen linaje y noble, “señora india”, de nombre “doña Lucía”, no señala el autor que es hija de español.

En sus años de adolescente Enrique sirvió a Diego Velásquez. Cuando éste se ausentó de la isla por sus diferencias con Diego Colón, el joven Cacique fue remitido a su comarca de origen, cerca de la villa de San Juan de la Maguana, encomendado con otros hermanos de raza a un señor de apellido Valenzuela quien le dispensó un trato humano, exento de atropellos. Muerto el encomendero, su hijo quedó a cargo de las propiedades.

Comenzó entonces para el Cacique un tratamiento cruel, de castigos físicos y morales, de parte del joven Valenzuela. Enrique o Enriquillo, como también se le llamaba, llevó al conocimiento de las autoridades el comportamiento del encomendero. Pedro Vadillo, teniente del gobernador, autoridad de más jerarquía de la región, prestó oídos sordos a las quejas del Cacique. A Santo Domingo fue a dar con sus reclamos Enriquillo. De allí fue remitido de nuevo a San Juan de la Maguana donde Vadillo lo recibió con burlas y lo atropelló físicamente, encerrándolo en prisión.

Por espacio de varios meses, Enriquillo y sus hermanos de raza se negaron a seguir laborando bajo las órdenes y en beneficio de Valenzuela. No recibieron atención los reclamos del encomendero quien en repetidas ocasiones les mandó a buscar. Como el Cacique prestara oídos sordos a los llamados del español, Valenzuela, acompañado de once personas, se decidió ir a buscarlos convencido de que su presencia, junto a hombres de armas, atemorizaría a Enriquillo y sus compañeros. Relata Las Casas lo siguiente: Llegado allá, lo hallo a él y a su gente no descuidados, sino con armas, que fueron lanzas, por hierros, clavos y huesos de pescados, y arcos y flechas y piedras y lo demás que pudieran armarse.

Agredidos los indios por Valenzuela y sus acompañantes, aquellos se defendieron dejando muertos dos o tres de ellos y mal parados los demás. Enriquillo, a viva voz, advirtió a Valenzuela que no volviera jamás y que le perdonaba la vida por la memoria de su padre.

La suerte estaba echada. Días después más de setenta españoles a caballo y a pie, iniciaron la búsqueda del Cacique y sus compañeros quienes se habían alejado en dirección a la sierra del Bahoruco. Durante su persecución los españoles tuvieron varias bajas y numerosos heridos. Esto ocurría a fines de 1518 o principios de 1519. La noticia de la rebelión corrió como pólvora y numerosos aborígenes de la comarca llegaron para sumarse al grupo que encabezaba el Cacique. Las Casas, que a su edad tendía a exagerar y no tenía criterio real de las cantidades, afirma que cerca de 300 hombres se sumaron a Enriquillo. La rebelión tomó a partir de entonces proporciones serias y de imprevisibles consecuencias para el gobierno colonial. De hecho, el levantamiento liquidó las Encomiendas, sistema de explotación funesto para la raza aborigen no solamente en la isla de La Española, sino más luego en toda América. La acción del Cacique insurgente desarticuló, en casi su totalidad, esa institución que tuvo como origen los repartimientos realizados por Roldán en su rebelión contra Cristóbal Colón.

Varias expediciones militares fueron enviadas para apresar y someter a la obediencia a Enriquillo. El problema de la rebelión tomó magnitud, después que las autoridades comprobaron que negros esclavos tomaban el camino de la sierra, para sumarse a las huestes del Cacique. González Fernández de Oviedo, en principio el más veraz de los cronistas de Indias en cuanto a La Española se refiere, dice: E no se había de tener en tan poco, en especial viendo que cada día se iba e fueron a juntar con este Enrique e sus indios algunos negros; de los cuales ya hay tantos en esta isla a causa destos ingenios de azúcar; que parece esta tierra una efigie o imagen de la misma Etiopía.

Trece años de insurrección del Cacique del Bahoruco costaron a la monarquía española más de 40,000 pesos oro. Asaltos, incendios, correrías, muerte de españoles y un peligroso ejemplo para los esclavos, que ya para fines de la década de 1520 sumaban miles en la parte sur de la isla, dedicados a la producción de caña de azúcar. Su estilo de lucha y el método que aplicó de guerra irregular, fue expresión de astucia, paciencia y prudencia; el eficiente servicio de información y abastecimiento que organizó en la región, en las altas montañas de la sierra, le hicieron invencible. Un verdadero jefe militar, gran capitán, capaz de enfrentar y vencer a los representantes de la nación más poderosa del mundo en ese entonces. Su resistencia obligó al rey de España a comisionar a Francisco de Barrionuevo para poner fin, por vía de la negociación o de la fuerza, al largo conflicto que intranquilizaba la colonia.

Enrique del Bahoruco, como se le conocía originalmente, recibió a Barrionuevo, en su primera entrevista, portador de una carta de Carlos y, en la Isla Cabritos, del lago Comendador, hoy lago Enriquillo. Minado por la tuberculosis, “de baja estatura, de complexión física robusta, con rostro severo y feo, picado de viruelas, astuto y callado”, según lo describe Barrionuevo, el capitán invicto, negoció y aceptó parte de los ofrecimientos del monarca español. Esos acuerdos nunca llegaron a ejecutarse a plenitud; el Cacique asumió a partir de ese momento una actitud pacífica. Nunca bajó de la sierra y aunque se habla de una visita a Santo Domingo acompañado de su esposa, nada confirma ese hecho.

Vino dos veces a Azua, villa en la que fue recibido con distinción y festejos. Enriquillo nunca creyó en la sinceridad de los conquistadores, así lo dijo al padre Remigio. Sabía, por propia experiencia, que los blancos europeos eran responsables de la desaparición de su raza. Educado por ellos, sabía como pensaban y actuaban. Esa convicción lo convirtió en la más grande figura militar del siglo XVI en las tierras americanas.

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